Me gusta fijarme en detalles. Me encanta encontrar cosas que creo que nadie ha visto. Cuando camino por cualquier lugar, miro mucho hacia arriba. Gano cuando descubro que hay alguien arriba que esta mirando hacia abajo, y doble de puntos si me está mirando a mí. No me gusta que las personas se observen fijamente unas a otras, juzgando sus acciones con miradas desaprobantes. Sin embargo, siento placer cuando yo puedo fijar mi mirada con fuerza en esas personas que a la vez están observando a otras. Es una manera de venganza, es como jugar a ser el justiciero de las miradas desagradables. Una forma de compensar a las víctimas y reducir el poder de los que atraviesan personas con sus ojos. Hay muchos ejemplos, pasa a cada instante.
yo mirando a paula que mira al (periódico) señor
Aprendí a ver hacia arriba en los viajes. Cuando vas a otro escenario que no conoces y además con el propósito de observar (lo que viene siendo el turismo, vaya), te esfuerzas en percibir el mayor número de detalles. Recorriendo calles de ciudades como París o Nueva York aprendes a mirar mucho hacia las alturas. Pasa de forma inconsciente, pero sucede. Después, vuelves al mismo lugar donde siempre has vivido y te das cuenta de tantas cosas que no habías visto antes. Por ejemplo, aplicando el mismo ángulo de mirada vertical, descubres como los edificios por los que siempre habías pasado y cuyos portales conoces tan bien, tienen unas terrazas en el tejado impresionantes. Hasta puedes llegar a ver árboles en lo más alto de las casas. Entonces te imaginas una nueva forma de vida, la de aquellos que tienen las terrazas más altas de las ciudades, habitando pequeños oasis urbanos. En Vigo hasta encontré una casa, como si fuera un chalet, con su jarcincito y todo, encima de un edificio en Gran Vía.

mirando hacia arriba
También me gusta descubrir cosas que hace mucha gente sin darse cuenta. Las personas se vuelven más interesantes cuando actúan inconscientemente. Caminando por un camino entre gramíneas, sorteando las alergias y el sol, veo que la mayoría de los tallos que distan un palmo del camino están sin espigas. ¿Por qué nos gusta arrancar las espigas de las plantas al pasar? ¿por qué nos da placer arrancarlas, y por qué nos gusta quedarnos unos segundos con las espigas en la mano? Viendo la cantidad de tallos peinados es fácil imaginar la cantidad de gente que ha pasado antes por el mismo camino. Puede que haya dos tipos de personas, las que arrancan espigas y las que no. O puede hasta que se trate de una función natural, que estemos diseñados para hacerlo, que seamos nosotros los que tengamos que dispersar las semillas, y que esté en nuestro instinto.
espigas listas para ser arrancadas
Sí que creo que se podrían definir dos tipos de personas con este otro ejemplo. Casi todo el mundo pasea por la playa alguna vez. Alguna gente mira hacia el suelo con los brazos en la espalda y otra mueve sus manos con energía mientras le explica a su pareja lo último que le ha pasado. Pero llega un momento en el que cada persona queda en evidencia.
playa donde la gente pasea
Hace ya tiempo, descansaba con un amigo en el final de una playa, sentados sobre un muro de piedra que marcaba el final. Descubrimos como, efectivamente, hay dos tipos de personas. Estas son: las que llegan hasta el muro y lo tocan para después dar la vuelta; y los que dan la vuelta antes de llegar al muro. Podría ponerme a divagar sobre el porqué de tocar el muro o no, como si se tratase de una meta. Que sean personas más resueltas, más seguras o más competitivas las que lo hacen. Que sean personas más tranquilas, más cobardes o más sociables las que no. Lo interesante es que todos lo hacen inconscientemente, y que nadie se para a pensar en lo que hacen los demás. Entonces tú, ¿tu eres de los que tocan el muro o de los que no?