7.9.11

en el limite del mal

Dice la gente inteligente que una de las razones más suculentas por las que es atractivo viajar es cruzar una frontera. Aunque los límites fronterizos por aquí ya no son lo que eran, todavía se pueden relamer las sensaciones de atravesar la línea imaginaria de un país: conquistar nuevos territorios, descubrir la asimetría artificial del urbanismo, habitar lo ajeno  o escuchar lo extranjero. También, por supuesto, los chistes varios sobre aviones con supervivientes que enterrar, o huevos de gallo entre países. Todavía creo que si se recorrieran algunas fronteras esa línea invisible llegaría a tomar forma,  a través de casas típicas, señales traducidas o personajes diferentes intermitentemente enfrentados a través de una línea. Y escribo esto mientras pienso en la frontera de Tui y en la frontera de Hendaya.

 frontera tui, valença do miño

  frontera en francia

Recuerdo cuando pasar por la aduana me producía un estado de nerviosismo parecido al de un examen, donde la suerte estaba echada y la familia entera que rebosaba en el coche era susceptible de ser suspendida por una policía extraña y extranjera. Ahora, atravesar una aduana europea sigue siendo estimulante pero no pone nervioso a nadie. Hasta puedes pasártela sin querer.

Veo los límites como separaciones tajantes, pero no porque diferencien partes de naturaleza distinta sino más bien por su caracter impositivo. Un límite impone una separación, aunque sea difícil de percibir a simple vista. Este verano, recorriendo los caminos perdidos del norte de Portugal, era imperceptible cualquier señal natural determinante de no estar en Galicia. Mismos relieves, misma vegetación, mismas vacas, mismas aventuras.

vacas en la carretera

Reposando estas y otras ideas sobre fronteras se me aparece de repente otra línea imaginaria: la que separa una persona cuerda de otra que no lo está. E intento hacer paralelismos. Llego a que la cordura también es un límite tajante, pero a la vez puede ser una frontera débil, imaginaria o impuesta. Esto viene a cuento tras el poso que me ha dejado Grey Gardens, documental sobre una madre y su hija de la alta sociedad americana, que se quedan solas y mantienen su alto standing en la más absoluta indigencia. Mientras su casa se cubre se escombros, gatos y enredaderas, ellas siguen hablando de su gloria pasada, escogiendo cuidadosamente la ropa diaria y poniéndose maquillaje.

las señoras Bouvier


La película revuelve las entrañas, y no me quedan claras las conclusiones más allá de la delgada línea que separa el ser una persona normal, aceptada por la sociedad (y no la alta sociedad), y alguien que se ha ido de lo aceptado. Creo que son fronteras reconocibles, pero  más fáciles de cruzar de lo que imaginamos. Creo también que son fronteras que nosotros imponemos cuando los mismos territorios o personas afectados ni siquiera lo sienten así.

Podría ser que los límites sean un invento genuinamente humano, que seamos nosotros los que los instauramos. De echo, y que sepamos, la naturaleza no tiene límites, no olvidemos que tenemos un universo infinito. Si admitimos esto, solo me queda terminar el para-lelismo en el límite de lo absurdo, con una lista donde he recopilado mis tres límites favoritos basados en  acontecimientos reseñables de mi vida pasada y presente:

1. cuando e  tiende a infinito
2. cuando subo a tender
3. cuando tiendo a subir