Como si fuera una broma pesada de la casualidad, decisiones abruptas de última hora me traen inevitablemente a Venecia una vez más. Primero pensé, jopé, Venecia otra vez, preferiría conocer otro sitio.. Pero en seguida me doy cuenta de que no. Mientras aterriza el avión entre sombras luminosas de farolas en el agua, me doy cuenta de que quería volver a estar aquí. Esta vez reconozco las torres del aeropuerto Marco Polo. Ahora me acuerdo de dónde se compra el bilheto alilaguna, del camino que lleva de la terminal al embarcadero, de las casi dos horas que lleva el trayecto. Esta vez estoy preparada, un mp3 cargado de batería y discos nuevos (
para mí) para divagar por los callejones, y un abrigo muy gordo de invierno para la humedad de los canales. Hasta mis esbozos de italiano de pacotilla me hacen caer bien, o eso, o hacer gracia, pero ya no necesito otro idioma.
Pero claro, una no puede llegar a Venecia tan chulita y que no le pase nada. Me subo al vaporetto y contesto Zattere cuando me preguntan a donde voy. Parece que el chico que pisa con una pierna el barco y con la otra la plataforma (o parada de autobús acuático) asiente, así que de ahí asumo que el vaporetto me llevará a Zattere. Siempre me pregunto por qué van tan despacio. Nos adelantaría una pedaleta. Una hora y media para llegar a San Marco. Se baja todo el vaporetto, claro, pienso, es el típico sitio de bajarse. Pero en seguida el barco maniobra para atrás y apaga las luces de dentro. Me quedo sóla y a oscuras. Entonces pienso, le había dicho Zattere o San Zacaría? Una tiene siempre las mismas dudas, por muchas veces que se las aclaren. Empiezo a creer que la evidencia es efectivamente evidente y que se han olvidado de mí. Me muevo de asiento para que me vean, pero no se dan cuenta, el barco ya está saliendo fuera de ruta.
Zattere con Giudecca al fondo
Me desperezo de la verguenza incómoda y decido levantarme ya del todo para acercarme a los jóvenes venecianos que, sin mucho asombro, me dicen, a dónde vas? y les digo, pues a Zattere (todavía dudando un poco), y entonces dan un tirón de motor para volver a abordar la parada de San Marcos. ¿Les pasará esto todos los días? Les digo que pensaba que podía ir hasta Zattere y me dicen que sí, pero que tengo que cambiar de barco, que vaya a la siguiente plataforma. Para compensar la situación embarazosa decido, aunque no me haga falta, apoyarme docilmente sobre la mano que me tiende el chico con una pierna en el barco y otra en la plataforma, creyéndome una dama que descabalga elegantemente. Estoy en Venecia, que pasa.
Voy hasta la siguiente plataforma. Cerrada. Viene otro veneciano joven y no me deja pasar. Entonces, una vez más, me sale un italiano un poco lambrusco pero consigo que me deje entrar con el mismo billete a otro vaporetto vacío, que también parecía escapado de ruta, pero cuya tripulación decide ayudarme. No se qué de Ragazza, escucho por ahí. Y llego a Zattere, menos mal. Después del desembarco tampoco recordaba perfectamente como llegar a la pensión pero decidí dejarme llevar por la memoria y llegué sin vacilar.
Fondamenta di Borgo
La
locanda Montin es un hostal con encanto de verdad, del que se consigue no haciendo reformas en 80 años. Pero aún así me encanta. Está en mi canal favorito de Venezia, la Fondamenta di Borgo. Tiene una farola en la puerta en la que pone el nombre de la pensión, y la entrada está llena de fotos de eruditos de otra época, y el descansillo repleto de cuadros variopintos y sofás decimonónicos. Pero los miércoles cierra, así que lo primero que me encuentro en la puerta es un cartel que dice así:

Así que llamo a Giorgio y no era para tanto, vino en menos de 2 minutos a traerme las llaves. Estos negocios de andar por casa me encantan. Dejé las cosas a modo de conquista de la habitación y salí decidida a cenar algo en algún lugar donde hubiera gente. Me acordaba de como llegar al Campo Santa Margueritta a través de Santa Barnaba. Fui al pequeño local de pizzas y mientras miraba asombrada una enorme pizza de patatas fritas (por encima), me pedí un trozo de pizza de zuccini y una birra. Me senté a disfrutar un poco, y vi a grupos de extranjeros juntándose y separándose, a parejas que salían de cenar, discutiendo o dándose besos, vi las bolas azules de neón que se lanzan muy alto y caen lentamente (a lo mejor el truco es que llevan una goma), vi perros con coloridos abrigos tricotados que llevaban de paseo a señoras, vi el barco que vende fruta con restos de cajas y alcachofas, y hasta vi como había quién osaba a comprarse un helado. Entonces pensé que claro, que los venecianos podrán comer helados en invierno, será algo intrínseco.
Campo Santa Margueritta
En fin, parece que hacía tiempo que no viajaba. Pensaba que las excursiones podían llenar estas páginas pero donde esté un viaje de verdad..