23.11.11

mercoledi pomeriggio chiuso

La mitad de la semana sería el punto perfecto para parar y hacer un descanso, cerrar el chiringuito y dedicar el tiempo a otras tareas como preparar infusiones, leer revistas gratuitas o visitar exposiciones. Hacer lo que se podría reconocer como vida de turista en tu propia ciudad. Vida cultureta.

Resulta raro descubrir como toda la atención, el estudio cuidadoso y las ansias por conocer los más importantes y/o bizarros elementos culturales distintivos de  un sitio que se visita pasan inadvertidos cuando se trata de la ciudad en la que vivimos. Me da verguenza decir que por fin entré en la catedral de San Marcos en el último viaje a Venecia, después de estancias y visitas llenas de excusas absurdas para no hacerlo (pensaba que había que pagar y no encontraba donde..). Desde el colegio, no recuerdo haber ido al Museo do Pobo Galego y hasta hace unos días no había entrado en el de Bellas Artes de Bilbao.  Hasta tengo ganas de ver el Planetario de A Coruña.

  Torbolino rosso o torbolino bianco?


Por esto que expongo y mucho más, desde aquí propongo un actuable para instaurar los miércoles por la tarde como el día del turista autóctono. Propongo despegarse del suelo y aterrizar de nuevo con un mapa y una agenda que ir tachando paso a paso.

Y propongo una serie de tareas. Entrar en las iglesias de tu pueblo aunque sólo sea para oler el incienso. Recorrer los museos escogiendo el cuadro del que te vas a comprar el imán. Entrar en el famoso bar en el que merendaba bollos algún fundador de algo. Subir a la azotea del segundo edificio más alto de la ciudad para ver bien el primero. Comprar la reproducción metálica del monumento emblemático en cuestión. Probar los dulces típicos que nunca has visto fuera de los escaparates. Enviar una postal folclórica a tus amigos. Propongo domingueo urbano semanal. Propongo mercoledi pomeriggio chiuso.



15.11.11

conquistas personales

Me pregunto como sería el mundo cuando era inabarcable. Cruzar el océano como emigrante, viajar en tren a Alemania, hacer la ruta de la seda, navegar hasta Venecia. El mundo nunca fue tan pequeño como ahora. Y el ansia por viajar y conquistar nuevos caprichos exóticos nunca había estado tan alimentada, digamos que actualmente la sociedad podría sufrir una especie de síntoma de obesidad viajera.

Estos días se me vienen a la cabeza episodios sobre viajes de antes, cuando el echo de llegar a un destino era el viaje en sí, la propia aventura. El tiempo se dilataba entonces con nuevas rutinas que tomaban forma e iban evolucionando hacia una meta desconocida, días y noches tras días y noches en un viaje trasatlántico. Levantarse por la mañana, encender la vela o bombilla, ver el mar, hablar con la gente. Esas personas no tenian wifi, y seguramente jugaban al ajedrez o a las damas, y si se encerraban en sus camarotes o corrían las cortinas de sus literas sería para leer un libro, o para escribir sus memorias, pero nunca para repasar los feeds o ver el email. Ahora cruzamos el Atlántico en aviones con pantallas táctiles en nuestros asientos, y con aparatos tecnológicos varios que hacen que ni siquiera a una velocidad casi supersónica a diez mil metros de altura nos inmutemos y sintamos un poco de cosquilleo en el estómago. Dejemos de ver la pantallita, no hay necesidad de volver a ver Friends una vez más.

barco emigrantes en Vigo

Cuando mi bisabuelo emigró a Iquitos (Perú) a trabajar en la industria del caucho, seguramente salió de Galicia en un trasatlántico rumbo a Brasil. Lo que sí sabemos es que desde Manaos, en la misma desembocadura del Amazonas, tenía que subirse a un barco para navegar ascendiendo a contracorriente (no puede ser de otro modo) por el río más caudaloso del mundo. La ruta atravesaba toda la selva hasta Iquitos. Este viaje duraba 15 días y se hacía en este barco de abajo. Hablamos de 1911. Intento imaginarme un poco de ese viaje tan fascinante, tanto en el tiempo (1911), como en el espacio (el Amazonas) como en la duración (15 días). Soy demasiado de este siglo como para imaginarme como se pasaban los días.


Barco a Iquitos

Cuando mis amigos Andrés y Coru decidieron viajar desde NordKaap (Noruega) hasta Santiago de Compostela en su particular peregrinación, salieron de Galicia en una furgoneta. Pero en cuanto empezaron a caminar hacia el Sur, revivieron de alguna manera ese espíritu de los viajes de antes, donde la rutina se va inundando de pequeñas novedades a ritmo lento en un trayecto que se vuelve el protagonista. Perder la noción del tiempo y del espacio debe ser muy reconfortante. Abarcar espacialmente lo que sólo tu cuerpo puede abarcar caminando me es una sensación muy apetecible.



andrés

Ahora, me distraigo pensando en como podría yo romper esa barrera de tiempo y espacio sin despegarme del todo de la vida que he elegido por ahora. Y si teneis alguna sugerencia es bienvenida.

2.11.11

sono arrivata

Como si fuera una broma pesada de la casualidad, decisiones abruptas de última hora me traen inevitablemente  a Venecia una vez más. Primero pensé, jopé, Venecia otra vez, preferiría conocer otro sitio.. Pero en seguida me doy cuenta de que no. Mientras aterriza el avión entre sombras luminosas de farolas en el agua, me doy cuenta de que quería volver a estar aquí. Esta vez reconozco las torres del aeropuerto Marco Polo. Ahora me acuerdo de dónde se compra el bilheto alilaguna, del camino que lleva de la terminal al embarcadero, de las casi dos horas que lleva el trayecto. Esta vez estoy preparada, un mp3 cargado de batería y discos nuevos (para mí) para divagar por los callejones, y un abrigo muy gordo de invierno para la humedad de los canales. Hasta mis esbozos de italiano de pacotilla me hacen caer bien, o eso, o hacer gracia, pero ya no necesito otro idioma.

Pero claro, una no puede llegar a Venecia tan chulita y que no le pase nada. Me subo al vaporetto y contesto Zattere cuando me preguntan a donde voy. Parece que el chico que pisa con una pierna el barco y con la otra la plataforma (o parada de autobús acuático) asiente, así que de ahí asumo que el vaporetto me llevará a Zattere. Siempre me pregunto por qué van tan despacio. Nos adelantaría una pedaleta. Una hora y media para llegar a San Marco. Se baja todo el vaporetto, claro, pienso, es el típico sitio de bajarse. Pero en seguida el barco maniobra para atrás y apaga las luces de dentro. Me quedo sóla y a oscuras. Entonces pienso, le había dicho Zattere o San Zacaría? Una tiene siempre las mismas dudas, por muchas veces que se las aclaren. Empiezo a creer que la evidencia es efectivamente evidente y que se han olvidado de mí. Me muevo de asiento para que me vean, pero no se dan cuenta, el barco ya está saliendo fuera de ruta.


 Zattere con Giudecca al fondo

Me desperezo de la verguenza incómoda y decido levantarme ya del todo para acercarme a los jóvenes venecianos que, sin mucho asombro, me dicen, a dónde vas? y les digo, pues a Zattere (todavía dudando un poco), y entonces dan un tirón de motor para volver a abordar la parada de San Marcos. ¿Les pasará esto todos los días? Les digo que pensaba que podía ir hasta Zattere y me dicen que sí, pero que tengo que cambiar de barco, que vaya a la siguiente plataforma. Para compensar la situación embarazosa decido, aunque no me haga falta, apoyarme docilmente sobre la mano que me tiende el chico con una pierna en el barco y otra en la plataforma, creyéndome una dama que descabalga elegantemente. Estoy en Venecia, que pasa.
Voy hasta la siguiente plataforma. Cerrada. Viene otro veneciano joven y no me deja pasar. Entonces, una vez más, me sale un italiano un poco lambrusco pero consigo que me deje entrar con el mismo billete a otro vaporetto vacío, que también parecía escapado de ruta, pero cuya tripulación decide ayudarme. No se qué de Ragazza, escucho por ahí. Y llego a Zattere, menos mal. Después del desembarco tampoco recordaba perfectamente como llegar a la pensión pero decidí dejarme llevar por la memoria y llegué sin vacilar.

 Fondamenta di Borgo

 La locanda Montin es un hostal con encanto de verdad, del que se consigue no haciendo reformas en 80 años. Pero aún así me encanta. Está en mi canal favorito de Venezia, la Fondamenta di Borgo. Tiene una farola en la puerta en la que pone el nombre de la pensión, y la entrada está llena de fotos de eruditos de otra época, y el descansillo repleto de cuadros variopintos y sofás decimonónicos. Pero los miércoles cierra, así que lo primero que me encuentro en la puerta es un cartel que dice así:


Así que llamo a Giorgio y no era para tanto, vino en menos de 2 minutos a traerme las llaves. Estos negocios de andar por casa me encantan. Dejé las cosas a modo de conquista de la habitación y salí decidida a cenar algo en algún lugar donde hubiera gente. Me acordaba de como llegar al Campo Santa Margueritta a través de Santa Barnaba. Fui al pequeño local de pizzas y mientras miraba asombrada una enorme pizza de patatas fritas (por encima), me pedí un trozo de pizza de zuccini y una birra. Me senté a disfrutar un poco, y vi a grupos de extranjeros juntándose y separándose, a parejas que salían de cenar, discutiendo o dándose besos, vi las bolas azules de neón que se lanzan muy alto y caen lentamente (a lo mejor el truco es que llevan una goma), vi perros con coloridos abrigos tricotados que llevaban de paseo a señoras, vi el barco que vende fruta con restos de cajas y alcachofas, y hasta vi como había quién osaba a comprarse un helado. Entonces pensé que claro, que los venecianos podrán comer helados en invierno, será algo intrínseco.


Campo Santa Margueritta

En fin, parece que hacía tiempo que no viajaba. Pensaba que las excursiones podían llenar estas páginas pero donde esté un viaje de verdad..