Una simple excursión a la montaña es suficiente para revolucionar los mecanismos corporales. Madrugar los sábados cuesta menos si al abrir los párpados por primera vez somos ya capaces de vislumbrar lo que nos espera. Surbir al
Gorbea. Veo entre las pestañas un poco de nieve, muchos robles y caballos. Allá voy. A veces hay que tener cuidado con el
salto de cama que te puede marear.
en el Gorbea
Pensaba que sólo podía levantarme a la primera en dos situaciones precisas que son: tener un examen, tener que coger un avión. Pero he descubierto que hay una tercera razón: haber quedado para ir al monte. A partir de ahí, empieza otro mundo en el que sólo hay que subir hasta arriba, sin pensarlo mucho y hablando lo que te dejen los pulmones. Si estás muy cansado haces lo típico de parar a sacar una foto. Vas pensando en todo momento en que estás a punto de llegar hasta que realmente llegas y piensas, ya? Despues la recompensa de la comida (con vino!) y la foto de grupo.
aún por encima
A partir de la cumbre la desconexión es total. Primero, sentir como todo está lejos y más abajo, es una sensación de tranquilidad y sosiego, parecida a la de pasmar mirando al mar. Segundo, los impulsos repentinos, como tirarse de cabeza por la nieve, que aceleran el pulso. Tercero, una parada con los caballos al atardecer. Cuarto, la cerveza en el pueblo y comentar la jugada.
caballos
Entonces lo que pasa es que, como en una
peli de David Lynch, el día se mezcla con la noche en una simbiosis onírica en la que se entrelazan sensaciones que no han sido terminadas de digerir. Lluvia de estrellas fugaces en una casa rural en la que se anda en monopatín y los caballos se mueven hacia ti, que eres el centro de gravedad, y te miran profundamente mientras suena starway to heaven.
Y es que al final, puede que no sea tan simple una excurión de montaña.