30.11.12

turquía sin mi


Podría defenderse que el anzuelo de un conferenciante lo forma una barra libre infinita de tes, cafés y cervezas junto a una piscina desierta, una playa en descanso estival y una sauna turca. Una pulsera que compra tu encierro temporal en un espacio finito. Como cuando cambiamos nuestra libertad por confinarnos a un recinto a cambio de música. Esta vez, en lugar de los conciertos, es la obligación de trabajo, la abundante comida y la bebida ilimitada lo que puede tenernos encerrados sin apenas sospechar el descontrol que tenemos sobre nuestras opciones de maniobra.

primero de una serie de tés

Claro, pasan los días sin tiempo libre y cuando has hecho todo lo que querías y que te mantenía entretenido: has escuchado todas las charlas, hablado con variedad de gente, hasta te has podido escapar para darte un chapuzón, has exprimido las saunas, usado el bar, recorrido el buffet, entonces es fácil darte cuenta de que la pulsera no significa el todo gratis, sino mas bien el tu no sales de aquí.

Ante estas nuevas reglas de juego no queda más remedio que adaptarse. Primero dejas de tomar tanto café porque te altera, luego te empiezas a saltar alguna comida del día porque te ceban, y por último intentas buscar un espacio en el que poder dejar de ser parte de ese todo. Es curioso como tanto "lujo" puede ser abrumador, nunca había sido tan evidente, y tan atractivo pensar en lo contrario. No tener nada pero en todas partes.

Adaptación al espacio costero
Hoy es el día en el que espero empezar a vivir algo del país en el que estoy, aunque las opciones tampoco prometen demasiado. Hasta ahora, poco me ha llegado de Turquía  mas que un agua transparente y cálida, fondos claros con peces de colores, pinos y arbustos en montañas áridas, comida bañada en yogur, vapor de agua y cazos hervientes. Y gatos, muchos gatos campando a sus anchas por todos los rincones de un hotel de cinco estrellas, recogiendo migas del buffet y calentando los colos de extranjeros a falta de estufas exteriores en el frío descenso de las noches.

confinamiento paradisiaco

Es lo que tiene estar encerrado, que te pone melancólico. Ahora llevo todo el día de aeropuerto en aeropuerto estirando musculos en horas muertas. Pero he podido vivir un poco más de turquía, he picado un poco del buffé de tiendas para turistas, palmeras y gentío alborotado que se materializó como Antalya, barcos piratas y hostelería de cartas sin precios para ver quien es mas listo. Y nunca es el turista. Y he sido turista. Y he comprado pastelitos. Vaya por dios.

 dulces riquísimos