Hoy me levanté otra vez después de remolonear en la cama abriendo un ojo a cada rato hasta que era demasiado tarde. Me duché rápido y salí con la comida en la mochila a hacer el plan que tenía pensado haber empezado exactamente una hora más temprano. Tenía una cita en la DMV, y ya era inevitable que llegaría al menos media hora tarde, lo que hizo sentirme un ser que no merece vivir y que deambula sin ritmo ni sentido por la vida. Al menos por un rato.
No me planteé esperar a los autobuses hasta que me adelantaron a traición. El día anterior me había asegurado de que no existía ninguna combinación perfecta, y que la mejor opción, ya que me había dejado la bici semi-conscientemente en el campus porque llovía, era caminar los 37 minutos de google hasta el destino. Detrás de mí caminaba otra persona. No es fácil ver a gente desplazarse mas de tres manzanas andando en un barrio residencial. Este joven me seguía desde que me incorporé a Cliffs Road, lo que me hizo pensar que vendría desde lejos. Y así seguimos, distanciados, avanzando por la acera de cemento y repitiendo setos de romero.
Al llegar al city college, lo que se puede ya interpretar como zona centro, hice un amago replanteándome si merecía la pena coger un autobús a esas alturas, y aventurarme en una nueva línea, un nuevo número, una nueva parada. La ventaja sería que con un poco de suerte salvaría algo de mi entereza ciudadana, reduciendo un poco el retraso. Mientras cavilaba, el caminante anónimo me adelantó sin romper su paso y le pude observar mejor. Estaba quemado por el sol y llevaba una gran mochila posiblemente con todas sus pertenecias temporales. Decidí que seguiría andando y ahora era yo la que le seguía. Bajé la cuesta que lleva hasta Castrillo y seguimos por un rato caminando solos. Al final giré a la izquierda. El siguió recto y hasta ahí nuestra historia de un camino compartido.
línea roja no parar
Entré en una explanada desangelada que camuflaba un edificio similar a cualquier sitio donde te haces carnets. Me confirmaron que sí necesito la licencia de California si quiero un coche, así que pedí cita para empezar el proceso, y me dieron el manual. Había jugueteado en internet con un par de test en inglés, pero siempre había suspendido por un poco. En la oficina me dieron directamente el manual en español y lo acepté como una decisión irrebatible.
Sentada en la rígida butaca de plástico que va encajada en la siguiente y en la anterior, decidí sacar provecho a mi desastre de mañana y empecé a leer el manual a buen ritmo. En frente, la pantalla pasaba de la letra C a la A y a la J indistintamente. Yo me paraba cada vez que aparecían números en millas y pulgadas y galones, en la negrita, y releía varias veces las expresiones extrañas como manejar, bolsas de aire, celular, señales direccionales, etc. Cuando el G025 salío en la pantalla fui hasta la ventanilla 11. Efectivamente podía hacer el test en el momento, así que me tomaron la huella dactilar, me hicieron leer unas letras a distancia a traición, y me fotografiaron. Me dieron el examen y me mandaron a cubrirlo de pie en la esquina de la sala, tan confinada como un fumador de aeropuerto.
manejando el examen
Como quien rellena un sobre certificado en correos, en California se hace el examen de conducir. Estirando el cable enrollado del boli que encaja en el mostrador, empecé a rellenar. Calculé que me la jugaba con 8 respuestas y solo podía tener 6 fallos así que dí por hecho que suspendería. La señora amable tenía más ganas que yo de ver el resultado. Incluso me pareció ver que me perdonó una pero no me interesé en averiguarlo. De todas formas tuve 5 fallos y podía tener seis. Y nada, tengo el teórico californiano, no puedo explicar tanta satisfacción. Me ha costado una mañana y 38$. El práctico serán 6$ más para 15 minutos de examen. Sacad conclusiones.
Lo importante es que al final el día ha salido bueno. Aunque me he perdido este concierto, no se puede estar a todo. Espero que al mochilero deambulante también le haya ido bien.










