3.7.13

lectura pacífica

Mi primer encargo de responsabilidad en la intersección entre ocio y costa oeste ha sido cuidar de un Bonsái. El encargo decía así: "cada tres o cuatro días, llenas el fregadero con cuatro o cinco pulgadas de agua y sumerges la maceta, sobresaliendo el agua más o menos una pulgada. Luego dejas el tiesto sumergido unos cinco minutos y ya está."

Bien, pues hicieron falta unas cuantas consultas al sistema antropomórfico para decidirme a la inmersión del arbolito y de paso, no sólo aprendí que hay varas y pies castellanos, basados en las dimensiones corporales autóctonas, sino que otras medidas antes utilizadas se centraban en el tiempo y no en el espacio. Y esto me fascina. Por ejemplo, una legua medía la distancia que una persona puede recorrer a pie o en caballo en una hora. Estoy a tres leguas y media de San Diego, pero claro, depende del tráfico en LA por lo que las leguas no son nada fiables. Y me explican sin embargo que aún así, hoy en día sí se utilizan medidas de tiempo y ya que en la galaxia todavía no hay mucha congestión, se cuentan años luz.
 
haciendo leguas bajo la luz

Total, que el bonsái va sobreviviendo en Santa Bárbara, a pesar de los días interminables de luz. Y a la sombra de especímenes más amplios, de vez en cuando la parrilla de actividades acuáticas, happy hours, bicicletas, trabajo, etc. deja momentos de lectura pacífica. Así, otros redescubrimientos emergen del pasado. Otras decisiones repentinas que parecen surgidas de un apaño, de un atajo, de un apuro, de un espontáneo, quedan luego sentenciadas para la posteridad. Esto es de grande como mi pulgar, y ahí queda el inch. Aqui hay unas vistas preciosas, y ahí queda Buena Vista.

Sabía que los españoles habían dado nombre a casi toda California, pero nunca me había detenido a revivir la lógica aplastante de tal nomenclatura. Hasta que leí a Steinbeck contarlo así:

"Cuando llegaron los españoles, tuvieron que bautizar todo cuanto encontraron y vieron. Ésta es la primera obligación de todo explorador: una obligación y un privilegio. Cualquier nueva anotación en el mapa dibujado a mano debe tener un nombre. Eran, desde luego, hombres muy religiosos, y los que sabían leer y escribir, los que llevaban los diarios y trazaban los mapas, eran los duros e incansables sacerdotes que viajaban en compañía de los soldados. Así es que los primeros nombres de lugares fueron de santos o de festividades religiosas celebradas en los altos de la marcha. Hay muchos santos, pero su número no es inagotable, de modo que se encuentran abundantes repeticiones en los primeros nombres. Tenemos San Miguel, Saint Michel, San Ardo, San Bernardo, San Benito, San Lorenzo, San Carlos, San Francisquito. Y luego las festividades: Natividad, Nacimiento, Soledad. Pero tambien se daba nombre a ciertos lugares según el estado de ánimo de la expedición en aquel momento: Buena Esperanza, Buena Vista, porque la vista era hermosa; y Chualar, porque era muy bonito. Venían luego los nombres descriptivos: Paso de Robles, porque allí había muchos; Los Laureles, por la misma razón; Tularcitos, debido a los juncos de la marisma, y Salinas, a causa del álcali, que era tan blanco como la sal. 

Algunos lugares recibieron el nombre de los animales o pájaros que los poblaban: Gavilán, por los gavilanes que volaban sobre aquellas montañas; Topo, por la presencia de este animalejo; Los Gatos; debido a los gatos salvajes. La inspiración la daba a veces la propia naturaleza del lugar: Tassajara, una taza y una jarra; Laguna Seca, un lago desecado; Corral de Tierra, porque había un cercado de tierra; Paraíso, porque era como el cielo..."
Al este del Edén, John Steinbeck

lectura pacífica sobre nomenclatura franciscana

Resulta que a veces las explicaciones son más simples de lo que una se imagina, y que una pulgada sea una pulgada y Santa Bárbara sea Santa Bárbara me resulta una simplicidad de lo más sospechosa. Y dentro de esa aparente sencillez, bautizo al bonsai en un acto solemne, esperando no alterar el curso de las cosas, y que mi pequeña responsabilidad no se vea alterada por el hecho de cuestionarme por qué demonios hay que sumergir el tiesto en el fregadero.