La noche había entrado tan rápida como la lluvia, y gotas blancas destellaban en los adoquines. Tras el cristal del café se podía ver perfectamente la iluminada farmacia y la señora bajita entraba y salía de la trastienda apurada. El agente de policía supervisaba la maniobra en la que una cámara recogía evidencias gráficas y una agente se llevaba la prueba del crimen entre sus guantes de plástico. Parecía una representación teatral, un programa de televisión perfectamente retransmitido a través de una pantalla de cristal, un escaparate de luces halógenas que llegaba a nuestras retinas atravesando la noche mojada. El agente interrogaba a la dependienta, que gesticulaba serenamente. El policía también parecía seguro. Y yo también estaba segura de que no tenían por qué, bajo ningún concepto, llegar hasta mí. Por ello, cuando el equipo entró en el café y amablemente nos rondaron con unas preguntas aparentemente inocentes, pude vivir en preciso directo el giro hacia mi incriminación.
calles de Pamuk
Todo se derrumbó en el tiempo que transcurre entre dos palabras, cuando recordé que había sido esa misma señora bajita la que me vendió un medicamento no muchos días antes del incidente. Respondía a la pregunta de si me tomaba algo para esos dolores de cabeza que me pasan tan frecuentemente. Fue entre "si" e "ibuprofeno". Nos hablamos con la mirada. Te pille, me pillaste. Y ya no pude reaccionar, mis manos ya estaban esposadas y mis pies caminaban solos bajo la fría lluvia de verano que golpeaba la piedra. Sentí resignación, al fin y al cabo sí que era culpable. Culpable de haberme dejado llevar hasta el punto de haber cedido. Culpable por haberme colado en la farmacia. Culpable de haber colocado allí esa gallina sangrienta cubriendo el blanco mostrador de la impoluta sala acristalada.
rojo en la mezquita azul
Días antes, en Estambul, regresaba todas las noches al mismo hotel, con los pies hinchados por el calor y cubiertos de picaduras de mosquitos y ampollas. Mientras me los lavaba, la tarjeta ya activaba la electricidad del cuarto y el aire frío del viejo aparato de aire acondicionado refrescaba los olores de la habitación. Los folios impresos con miniaturas de diapositivas y artículos académicos se expandían en la cama extra, y algunos se caían a la moqueta del suelo. La nevera volvía a hacer ruido y mi compra del supermercado ganaba algunos minutos más de vida antes de su descomposición. Pasaban pocas horas hasta la siguiente mañana, en la que el día empezaba encendiendo la luz, para poder arreglarme e ir de nuevo al centro de convenciones cruzando el derretido asfalto, las masas de policía y la inagotable actividad de Taksim.
Durante el día me olvidaba de esa habitación de hotel. Disfrutaba de la compañía en las horas de trabajo, y de la luz y el calor de la ciudad turca por las tardes. Pero bajar hasta Galata y oler la brisa del Bósforo era como encender el aire acondicionado. Los callejones adoquinados dominados por el mundo de los gatos olían como la nevera de mi habitación. La inmensa luz sobre Fatih iluminaba como un neón gigante. Cada día descubríamos un sorprendente lugar para cenar, nos llenábamos el estómago de Bomontis y caminábamos siempre a contracorriente atravesando las masas de gente que abarrotan las calles de la ciudad. Entonces volvía al hotel dónde ya me conocían y me saludaban agradablemente al entrar. Pero entonces entraba en mi habitación y, tras lavarme los pies, abría la nevera que yo misma había llenado.
el blanco neón de Fatih
Las fresas habían dejado ya un reguero rojo intenso que resaltaba el blanco fondo de la nevera. Era una mancha criminal. Cada noche crecía un poco más y el delito se hacía mas evidente. Pero mi rutina estaba ya definida y tenía que salir hacia Taskim por las mañanas, y no descontar minutos de sueño por las noches. Así que, no sin una terrible culpa premeditada, abandoné el hotel sin volver a abrir la nevera. Supongo que Pamuk, las calles de Estambul, mis dolores de cabeza y mi mente inconsciente hicieron el resto.

