Tres horas en Bari y me enamoré.
A veces suceden flechazos. Ondas luminosas que te envuelven desde años luz. Concentrados radiactivos que descomprimes más tarde, con el tiempo, y que en el momento sólo puedes dejar que te iluminen. Como empujada por destellos, llegué a Bari una tarde fría de diciembre, y descubrí un lugar más en el que me gustaría estar.
Salí de la Stazione Centrale a las 5.30. Me desprendí de mi maleta en consigna y seguí con mi bolso y portátil. Caminé por las calles comerciales mientras oscurecía. Legué al corso Emanuele y crucé hasta ver el mar, con el puerto deportivo. El atardecer daba la vuelta a la ciudad por el otro lado, y los colores cálidos del sur desaparecían a lo lejos, por detrás. Pequeños barcos faenaban y los corredores apuraban por el paseo. Me dirigí hacia el interior de la zona vieja, la rodeé por la muralla, observando el envoltorio de lo que luego iba a descubrir.
por los callejones
Catedral
La luz ya había trasnochado y di vueltas y vueltas hasta que empecé a repetir esquinas. Descubrí Nicola di Bari, y el azul y el blanco me abdujeron, hasta bajar a la cripta, como atraída por la gravedad. Allí rezaban íntimamente dos personas muy devotas, y el chirrido de mis suelas me obligó a pasar de puntillas, despacito, para no rozar el mármol e importunar.
Nicola di Bari
Por los callejones no había un alma pero sonaba música de navidad. Tras varias vueltas descubrí el lugar del que salían las cantinelas, y allí estaba todo Bari metido, comprando dulces y chocolates en una antigua tienda donde todos los dulces eran a granel y se envolvían en papeles dorados, y donde piñatas y regalos y bombones y licores colgaban de los techos y estanterías. Entré para estar calentita y rodeada de gente, oir un poco de barese, entender qué demonios pasaba, y me quedé un rato. Ni si quiera los niños a los que sentaban en el mostrador, mientras hacían los paquetitos, eran capaces de detectarme.
Tras tres horas caminando regresé a las calles comerciales y crucé manzanas hasta llegar a la estación. Se combinaban tiendas de embutidos y quesos, con ropa moderna y cafeterías viejas. Me tome una cocacola con ghiaccio y más tarde probé una focaccia. Recogí mi maleta y esperé en la librería de la estación. Encontré un pequeño libro de un autor local. Lo compré. En una conversación inaudita en italiano, el chico me preguntó por qué lo había elegido, que si lo conocía, y que era un autor joven barése que escribía muy bien y que el libro era una descripción muy buena de la vida en la ciudad, y sus problemas y conflictos para los jóvenes. Jóvenes sureños con sueños complicados supongo. Drogas y burguesía decelerada. Me metí en el tren a Lecce, sin saber muy bien lo que me esperaba, tratando de avanzar palabras narradas para otro público. Ya no podía hacer nada, solo leer, y ahora escribir, porque Bari ha sido fulminante.



