Sin planearlo, hace poco que visité el museo etrusco en Villa Giulia, haciendo mi pequeño descubrimiento de un pueblo que me era completamente desconocido. El tesoro de la exposición se encontraba en el cruce de dos cámaras repletas de joyas e instrumentos. Estaba rodeado por un cubo de vidrio muy grueso para que el aliento del visitante no empañase las grietas de la terracota con la que se había construido la impresionante tumba. Se trataba de un sarcófago sobre el que descansan tumbadas las figuras entrelazadas de dos amantes, que miran con ojos vacíos y sonrisa puntiaguda hacia el espectador. Si atraviesas esa mirada te agujerean, para eso sirve la vitrina también.
En este caso, tampoco sabría explicar que es lo que atrae tanto, pero la figura impresiona de tal forma que necesitas un proceso deductivo-reflexivo que te lleva varios minutos en varias fases. A pesar de saborear lo que veía delante, no me conformé con el recuerdo que se estaba ya formando en mi cabeza y pedí si me hacían el favor de dejarme hacer una fotografía. Me dijeron que sí aunque no se podía, posiblemente por las pocas visitas que reciben en el palacio a pesar de estar en Roma.
el sarcófago etrusco
Como decía, no sé si fue el sarcófago en sí o lo que significaba lo que me atrapó en ese momento. Quizás una mezcla de ambas cosas. Mientras me imaginaba a la pareja viviendo felizmente y planeando una muerte juntos, escuchaba las explicaciones del guía resaltando las posturas, las ropas, los zapatos, el sombrero, y la sonrisa. Enigmática sonrisa que desde el principio me pareció sincera, pero que, según explicaban, es puramente estética y tiene la finalidad de dar perspectiva a la cara. Yo no estaba de acuerdo ni mucho menos con esa explicación y creo que Jose Luis Sampedro tampoco, por eso escribió La sonrisa etrusca.
Que una muerte tan remota en el tiempo conmueva sorprende. Pero es precisamente el hecho de que sea tan antigua y aún así siga todavía estando vigente lo que representa lo que más me gustó. Esa pareja sigue todavía junta. Aunque no puedo evitar que la idea me seduzca, yo no quiero ser enterrada así que por lo que a mi respecta me puedo quedar jugando al tenis en el limbo, como Charlotte. Y desde allí miraré con una sonrisa etrusca.
